Partidos políticos 3.0: Promesas electorales y demandas ciudadanas

Pese a que existe una decepción social creciente sobre el desempeño de los partidos políticos,  los procesos electorales aún continúan atrayendo votantes que ingenuamente creen que su voto hará la diferencia. Pero el desengaño no tarda en reaparecer, pues el personaje elegido cae en las mismas prácticas que sus predecesores; con ello, dando paso al ciclo vicioso del desencanto.

El proceso electoral inicia con la compaña oficial que busca desaparecer toda inconformidad surgida del desempeño de los políticos en funciones, legitimar el proceso electoral que se avecina y desligar de todo mal a los partidos políticos y sus candidatos. Esta campaña cívica exalta a la democracia como sistema de gobierno creando un aura mítica en su derredor al definirla como el mejor sistema de gobierno posible.

Asume que los candidatos a elegir una vez en funciones se dedicarán a cumplir sus promesas y que sólo es cuestión de que el ciudadano realice una elección adecuada de manera racional a partir del análisis de las propuestas.

Para respaldar la credibilidad en el gobierno las democracias contienen instituciones que garantizan que no existan desviaciones en el desempeño de los candidatos electos, el único problema es que estas instancias están integradas por los miembros de los partidos políticos que terminan convirtiéndolas en instituciones de simulación. Como las fiscalías de delitos contra mujeres, las defensoras de derechos humanos, la protectora de consumidores o de contra crímenes del pasado que no arrojan resultados. Estas como muchas otras son sólo requisitos para que un régimen de gobierno sea considerado como democrático.

El mensaje que esta campaña difunde de manera implícita es que todo resultado del desempeño de los candidatos en funciones es responsabilidad de los electores que con su voto los eligieron, siendo que el universo de posibilidades está restringido a las ofertas de los partidos políticos que por lo general no escogen un candidato distinguido por su preparación y convicciones de servicio social, sino al más fiel, al más leal, al que tiene disciplina partidista, que en otras palabras significa al que se somete al líder, al que guarda los secretos de partidos, al que es amigo y cómplice como sucede en toda organización criminal. En ningún momento un candidato será postulado por su independencia, por sus valores sociales, por su compromiso con la verdad. Estos valores no entran en el panorama de la política. Sería contra natura.

La verdad es que no importa quién resulte vencedor la simulación continuará y los partidos políticos se olvidarán de sus electores. Aunque en la realidad, cualquier opción está condenada al fracaso y a la decepción de las clases populares. No importa si los candidatos son de derecha, centro, izquierda, elitistas, confesionales o populares todos los partidos unidos en sí, conforman una nueva élite de gobierno que termina sirviéndose del poder.

La propaganda electoral de los partidos no sólo hace olvidar las opiniones sociales que califican a los políticos de ineficientes, corruptos y mediocres, sino que hacen tabla rasa del pasado: borrón y cuenta nueva. Los errores de los políticos salientes no son responsabilidad de los partidos.

La propaganda seduce con las ofertas electorales  que prometen niveles de vida superiores y para ello, sólo pone como requisito “escoger correctamente la mejor oferta”.

Los procesos electorales son una letanía de promesas. No hay demanda social que de alguna manera no sea considerada por los candidatos. De cumplirse éstas, los países serían otra cosa. Aquí es donde se da una especie de cinismo generalizado, La sociedad sabe que los candidatos no cumplirán sus promesas y los candidatos consideran que pueden ofrecer hasta lo imposible ya que la sociedad no le da seguimiento a su desempeño político y haga lo que haga siempre tendrá una imagen negativa en algún sector de la población. Las sociedades acostumbradas a la simulación consideran promesas políticas un simple trámite, parte del ritual electoral. La continuación de los rituales políticos, son la garantía de la permanencia del status quo.

Las ofertas políticas son generalizaciones (p.e.; “por una mejor educación”, “más trabajos”), comunes a todos los candidatos, muchas de estas no están en el campo de competencia, ni están estructuradas, ni se conoce la estrategia a seguir para alcanzarla, ni pueden ser cuantificables ni verificables. Las promesas muchas veces no son realistas o creativas y menos aún ser parte de un plan congruente. Muchos candidatos se dan el lujo de no hacer campaña la sociedad los elige en paquete, es decir desconoce quien es el candidato y vota por su preferencia partidista.

En todo caso, las promesas son tan intrascendentes que los ciudadanos son incapaces de recordarlas y menos aún darles seguimiento. Las promesas no responden a una visión de país concreta, son solo parte del mecanismo de simulación política.

Gran parte de los candidatos no se define y sólo expone aspectos negativos de los adversarios o partidos contrarios, sin necesidad de mediar con la realidad. Esta estrategia no busca establecer compromisos y define a su portador mediante la polarización y la crítica. Si se acusa al adversario de ser corrupto, se establece que él no lo es, a menos que la otra parte lo califique de la misma manera.

Las promesas electorales no siempre son explícitas, también se enuncian con el silencio. Por ejemplo cundo existen conflictos sociales el no traer a colación una solución a éste significa que no estará en la agenda el combate a sus orígenes lo que seguramente beneficiará a alguno de los sectores sociales involucrados en el conflicto.

Cuando un mal social aún no entra en el conocimiento social y menos aún genera algún conflicto que afecte a grandes sectores de la población, como pueden ser los altos costos del interés crediticio, no es ni remotamente considerado en la oferta política.  El silencio refuerza la continuidad de prácticas potencialmente conflictivas que pese a beneficiar la inequidad la falta de opciones las hace aceptables. El silencio significa la continuidad de prácticas sociales existentes.

Cuando existe una negociación inter partidista o cuando un partido pretende convertir a toda la sociedad en su elector tiene que encontrar punto de confluencia común a todos, con lo que se trivializan las ofertas políticas, pues se desaparecen las diferencias y se eliminan identidades. Los partidos del siglo XX han dejado de representar clases sociales y sectores productivos para considerar a la sociedad como un bloque monolítico, lo que los ha alejado de la sociedad misma.

El conflicto social es algo natural en una sociedad ya que diferentes pertenencias a la estructura social implica intereses distintos. Cuando se les unifica para encontrar un punto medio desaparece artificialmente el conflicto y con ello la representatividad.

Mientras los partidos grandes se trivializan los de menor trascendencia debido a su poca representatividad elaboran promesas más agresivas orientadas a la confrontación social con las instancias de gobierno. Como las que exigen que la ciudadanía reclame al gobierno el pago de medicinas sin indicar dónde y cómo, y menos aún establecer un enlace para concretar las demandas. Este activismo partidario es sólo enunciativo y no encabeza con la movilización ciudadana los sentimientos de inconformidad. Los partidos políticos tratan de evitar las convocatorias a la acción social.

Los partidos tratan de canalizar las demandas sociales y presentarlas como si fueran iniciativas propias, como la pena de muerte o cadena perpetua a criminales, pero cuando se trata de juzgar a la autoridad por genocidio, guardan silencio.

Todas estas demandas que simulan representar los partidos políticos sólo cobran notoriedad a través de mensajes propagandísticos, nunca mediante la movilización y el activismo. Ni siquiera los partidos de izquierda que supuestamente basan su existencia en la defensa de demandas e intereses populares.

He aquí el aspecto sustancial a seguir por los partidos políticos en el siglo XXI para alcanzar un nivel superior de democracia es necesario impulsar la educación política de la ciudadanía a fin de que se trascienda a la partidocracia que mantienen a la sociedad en la ignorancia y superstición política.

Los partidos políticos que nacieron en el siglo XX se han tornado en monumentos a la antidemocracia, incapaces de fomentar la representación social, ni abanderar los requerimientos sociales, más allá de enunciados en los procesos electorales.

Una evolución en la participación social en política implicaría actuar más allá de las elecciones y mantener un ojo supervisor en sus representantes para evitar que se distraigan en corruptelas y sus decisiones sean corresponsabilidad de toda la sociedad, para que respondan a un interés superior.

Los partidos deben fomentar la democracia participativa lo que implica no poseer el monopolio del activismo político. Los partidos deben ser facilitadores de la acción ciudadana no los sustitutos de esta. La democracia bebe estar abierta  a la propuesta ciudadana.

La falta de representatividad implica la conformación y participación política de múltiples comunidades las cuales se están gestando en Internet. Los partidos se están alejando cada vez más de la sociedad y no le están trasladando el poder que esta está demandando. Actualmente Internet presenta las herramientas necesarias para dar seguimiento a toda actividad política.

La democracia no puede continuar limitándose al voto y al cumplimiento de las obligaciones legales.  Más y cuando los representantes gubernamentales continúan enriqueciéndose y tomando malas decisiones sin contrapesos que los encarrilen por el camino del interés ciudadano. Una actitud diferente sería replantearse el concepto de democracia diferente a como lo entienden actualmente la mayor parte de los partidos políticos en el Mundo, en especial donde las democracias son de carácter ficticio.

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