Algunas ideas sobre la democracia

El término democracia, desde un punto de vista amplio, se refiere al gobierno de las mayorías y por lo tanto, en éste prevalecen, al menos en teoría, la igualdad, justicia y libertad entre ciudadanos. Como sinónimo, sus principales defensores, la presentan como el virtual paraíso en la tierra, la gran utopía que Moro no alcanzó a imaginar.

Pero si vemos que los gobiernos de las mayorías existentes en el  tercer Mundo, en especial los recién convertidos a este dogma político no favorecen el bienestar social, continúan defendiendo los privilegios de sus élites. Ante la incapacidad de competir en la globalización muchas élites ven en el crimen organizado una salida. Estas jóvenes democracias están incapacitadas para ofrecer los beneficios que demanda su sociedad.

Muchas de ellas han aprendido el poder de la negociación con los países desarrollados a través del chantaje, comparten y cobran por el acceso libre a los mercados que dominan. Ofrecen control a cambio de alianzas empresariales.

La vida democrática global ha derribado muchos poderes autoritarios y despóticos locales, en ocasiones genocidas. Ha dividido las fuerzas internas y con ello las ha debilitado. Ha permitido el surgimiento de fuerzas ciudadanas modernas, educadas, con intereses distintos al enriquecimiento personal. Los ha introducido al esquema de la competencia global que les exige grandes inversiones, en educación, tecnología y desarrollo científico, lo que implica una tolerancia mayor a otras culturas y religiones, y una integración a un Mundo interconectado.

Todas las nuevas democracias compiten entre sí para obtener acuerdos comerciales, créditos suaves, inversión empresarial, entre otras cosas. De lo contrario perecerían y para garantizar su sobrevivencia los países se convierten en paraísos fiscales, controlan los salarios, suprimen garantías sociales como el derecho a huelga. Se da una especie de encomienda similar a la que instauró la corona española en México para someter a la nación indígena. Ahora el capital global refuerza privilegios de la élite a cambio de control social. Para ello recurre al los usos y costumbre de los países subdesarrollados: la corrupción.

La democracia simulada pretende involucrar en las decisiones importantes a la sociedad, pero en realidad aplica las reglas de manera diferenciada (“Todo el apoyo y la comprensión a mis amigos y todo el peso de la ley a mis enemigos”, Plutarco Elías Calles, México, 1928); se ofrece condiciones especiales  a empresas extranjeras (Los bancos cobran tasas de interés impensables en su país de origen); fomenta el vasallaje laboral con salarios bajos y servicios públicos indignos; permite el desplazamiento de sus ciudadano a otros países; se alía con el crimen organizado (contrabando, piratería, narcotráfico, trata de personas) para atemorizar a la ciudadanía y obtener ganancias no fiscalizables; es incapaz de fomentar el desarrollo educativo, tecnológico y científico con lo que garantiza su dependencia con relación a los países desarrollados; y fomentan una cultura basada en supersticiones y adicciones.

Muchos países que se autodefinen como democracias, tan sólo lo son en apariencia, y terminan convirtiéndose en verdaderas distopias. La democracia, se ha convertido desde el último cuarto del siglo XX, en un eslogan publicitario sinónimo de desarrollo, justicia, libertad y modernidad.

Los líderes de los países que han adoptado la democracia como sistema de gobierno son  incapaces de narrarlas fehacientemente, pues conservan muchos de los rasgos que tenían desde sus regímenes anteriores. Los cambios sólo se dan con movimientos radicales lo que no sucedió en Rusia, México, o la India, entre otros países, que pese a sus independencias cambiaron para seguir igual, manteniendo los privilegios de sus élites.

Por ejemplo vemos que muchas de las características que impuso Hernán Cortés al término de la conquista prevalecen en el México moderno: caudillismo, gobierno centralista, disciplina partidista, corporativismo, división racial del país, discrecionalidad de la ley, corrupción, despotismo, venta de plazas, etc.

Actualmente la narrativa política que describe a los supuestos gobiernos democráticos son meras ficciones, empleadas con fines propagandísticos. Generan la sensación de un Mundo mejor donde se pretende hacer creer que la participación ciudadana a través del acto ritual político del voto es lo que define el destino del país. Los ciudadanos le firman ingenuamente un cheque en blanco al candidato elegido y se desentienden de su propio destino.

El mito de la democracia origina una cadena de mitos asociados y rituales que se van entretejiendo en una red simbólica compleja. La democracia se origina en el mito cristiano del paraíso, y se concretiza en ritual del voto, que es el acto donde una procesión de ciudadanos se reúne para establecer su alianza con su nuevo dios.

El concepto democracia es un mito global que se concretiza en las mitologías políticas de cada país. El mito de democracia está sustentado en las narrativas del “soft power” norteamericano (películas, música, noticias sobre la misma democracia norteamericana, series televisivas, etc.) y en las narrativas políticas locales de partidos, gobiernos y medios de comunicación. Aunque no se defina de manera explícita, existe una prolongación narrativa simbólica entre los discursos democráticos globales y de los gobiernos con democracias simuladas, con los que  ocultan sus realidades maltrechas.

Barack Obama y la lucha ciudadana norteamericana en las redes sociales se mostró ante el Mundo como símbolo de nuevo modelo de activismo. Sin embargo su ejemplo es emulado con substanciales distorsiones, se le malinterpreta al aplicar sus propuestas de acción política, en especial en lo referente en la conformación de comunidades activas y constructivas. Los partidos políticos de las democracias simuladas se dan un barniz de modernidad al usar las redes sociales, pero en cuanto a su relación con la ciudadanía mantienen el sometimiento de estas.

La literatura democrática populariza conceptos de la moralidad cristiana como libertad, honestidad, igualdad, armonía social, respeto, que sólo existen en las aspiraciones y fantasías de los individuos, pues son promovidas en los contenidos de los productos mediáticos norteamericanos y disfrazados en las promesas electorales de los candidatos políticos locales.

Los candidatos son como mesías posmodernos que seducen a sus feligreses  con su modelo de “paraíso-país”. Las elecciones son competencias entre profetas por imponer sus realidades como la más democrática y la única que traerá redención al país. Las promesas, en el caso de México, son generalidades y ambigüedades. Las propuestas u ofertas políticas son similares entre todos los partidos. Ninguna establece compromisos medibles. La única diferencia entre candidatos se establece en la imagen que hacen de sí mismos y de sus contrarios. Como todas las democracias y acusaciones que se hacen los candidatos entre sí, se dan en términos de estereotipos y sin necesidad de basarse en la verdad, se acusan de ser los falsos profetas, los enemigos de la democracia. Como en la era del comunismo, sus seguidores competían por quien tenía la verdad y quién era más comunista.

Los políticos enarbolan estos conceptos para medir el comportamiento de sus contrincantes y acusarlos de desviaciones, siendo que todos padecen de los mismos males que acusan, aunque pretendan aparecer como inmaculados o mártires de complots. Nadie se reconoce en el mal, este siempre es del otro, el enemigo. Como la sociedad que acusa al policía de recibir sobornos sin reconocerse como parte del mismo problema al darlo.

En el Mundo hay muchos tipos de democracia: semi-reales, en construcción, o simuladas. En el caso de México que está pronto a cumplir 100 años de la última legislación surgida de la Revolución Mexicana,  aún no se vislumbra como una democracia plena, que represente el interés de las mayorías, pues continúan las practicas de corrupción, discriminación e injusticia iniciadas a partir del dominio español en la colonia. Los preceptos de bienestar social alcanzados en el siglo XX fueron eliminados con el neoliberalismo impuesto por las elites locales con la complicidad de los partidos políticos.

Los partidos políticos y sus líderes han hecho de México un país de contradicciones y han ocultado sus verdaderos intereses (enriquecimiento personal), con falsas realidades y promesas que no tienen necesidad de cumplir.

Las contradicciones son el corazón de toda propaganda política, pues sus contenidos, repetidos hasta el cansancio, aunque ilógicos, llegan a ser considerados como verídicos. No requieren de argumentaciones para influir en las actitudes y expectativas de los ciudadanos, sobretodo en tiempo de pasiones como son los procesos electorales.

La sociedad no acepta la realidad presentada sobre la democracia en México por los partidos políticos, pero como de momento es incapaz de generar un modelo autónomo sobre la realidad, tolera las imperfecciones y participa en los juegos democráticos que como todo ritual político se da periódicamente con la esperanza de que el resultado por fin le favorezca. Es como el juego de la lotería donde sabe que si no participa no tiene la posibilidad de ganar. Sin embargo, como la lotería misma, si llega a sacarse un premio, este es ridículo.

La democracia en México, como en la mayor parte del Mundo, es una democracia imperfecta y contradictoria, que simula la realidad narrándose como si fuera la concreción de un Mundo idílico.  Los organismos que supuestamente sirven como contrapesos a las esferas de poder como IFAI, comisiones de Derechos Humanos, fiscalías de protección a periodistas y contra ataques a mujeres, La Comisión de la Verdad sobre el caso 68, entre otras solo existen en el papel. Hasta la fecha no han generado resultados que impacten en la calidad de la democracia. Son solo organismos de apariencias.

Los partidos políticos se han convertido en un obstáculo al desarrollo de la democracia, pues han monopolizado el ejercicio de la política y al negociar entre sí han renunciado a su representatividad social y a convertirse en los contrapesos que requiere todo sistema democrático.

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